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De la desolación al lucro con la esperanza

Días atrás, camino a Huelquén y sintonizando una radioemisora con nombre de club de futbol, la paciencia me superó.

Me había acostumbrado a escuchar como inquilino habitual del dial a un curioso personaje, cuyo oficio  calificaría como una extraña mezcla de vendedor de  pócimas y predicador de milagros. Machacando y machacando rítmicamente a la audiencia,  sin mellar en su entusiasmo, la hacía memorizar un número telefónico que  permitiría al auditor acceder a un brebaje de propiedades tales, que  no existía mal para el que no tuviera una respuesta efectiva. Lo anterior acompañado de alambicados argumentos y una serie  bien hilvanada de testimonios editados, avalando la omnipotencia del menjunje y las cualidades casi apostólicas del noble comunicador.

Sin embargo, al escuchar atentamente  “al mensajero de la salud ”, con su estudiado  estilo de vendedor ambulante,  quedaba claro que su oferta iba más allá. Las cualidades ilimitadas de sanación del producto son solo válidas para el ofrecido por él. Cualquier alternativa de provisión distinta no sirve, recibiendo de paso todo tipo de descalificaciones. O sea, pretende además usufructuar de su monopolio.

Comenté el asunto con un par de médicos consultándoles  ¿cómo se explica que la autoridad sanitaria – y menos aún el Colegio- no tengan una posición clara al respecto? Esto se explica por el hecho que estos productos tienen el rótulo de “suplemento alimenticio” y así lo indican sus especificaciones.

Le pregunté a los médicos ¿qué pasa con los enfermos que angustiados por una lenta recuperación de su enfermedad, dejan su tratamiento y recurren a productos como el ofrecido por este personaje, buscando en ellos un remedio y no un “suplemento alimenticio”?  Me señalaron que en muchos casos eso podría llevar a un empeoramiento del estado de salud, para cuya recuperación posterior los esfuerzos médicos requeridos serían mayores. Si partimos del hecho que la mayor parte de las atenciones de salud son financiadas por el Estado con los impuestos de todos los chilenos, se puede concluir que el mayor costo resultante será consecuencia directa de permitir que personajes como el descrito lucren con las desgracias de los más necesitados.

Hace no mucho, este mismo señor nos atosigó con una pulsera que daría casi una docena de poderes. ¿Con qué nos sorprenderá a futuro este explotador del dolor de los más pobres? Y que quede claro que este es solo un ejemplo. Hay varios que hacen lo mismo.

 

Ilustración OVJ

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